Joan de Déu Prats, escritor...
El coleóptero de la policía me dejó en el lugar de los hechos: un parterre. El jardinero había provocado una catástrofe al segar la hierba mientras los insectos hacían la siesta. Había muchos heridos y la Cruz Roja de los Invertebrados estaba auxiliándolos.
Por suerte sólo hubo una víctima mortal: un escarabajo pelotero. Sin embargo, el escarabajo no había muerto por culpa de la segadora del jardinero. Aprovechando el desconcierto, alguien lo había asesinado: tenía clavado un aguijón de abeja...
Eso restringía los sospechosos a los habitantes de la colmena.
Me acaricié una antena mientras sopesaba los hechos. Era curioso, el día anterior me había llamado la reina de la colmena para denunciar el robo de la jalea real. Y el escarabajo pelotero asesinado trabajaba de basurero en la colmena... ¿Estaría relacionado el hurto de la jalea con el homicidio del escarabajo...?
Metí el aguijón en una bolsa de plástico y me desplacé hasta el cuerpo de guardia de la colmena.
De repente llegó una abeja soldado tras hacer su ronda de vigilancia. Me fijé en su armamento: ¡no llevaba el aguijón! Era sumamente extraño que hiciera la ronda desarmada, de manera que le probé el aguijón que llevaba en la bolsa de plástico y ¡le encajó!
Era su aguijón. Y ante ese hecho incuestionable acabó confesando que la noche anterior se lo habían robado mientras dormía durante su ronda de guardia. Y no lo había denunciado por temor a las represalias.
Eso era difícil de creer. Además, después de preguntar al jefe de guardia, un abejorro con mostacho, comprobé que cuando asesinaron al escarabajo pelotero, la abeja no estaba en la colmena, sino en su ronda de guardia, por lo que le había sido fácil desplazarse hasta el parterre.
Interrogué al resto de la guardia y después pregunté por los alrededores de la colmena, pero ningún insecto se había tropezado con la abeja soldado... ¡En consecuencia no tenía coartada alguna!
La abeja fue detenida.
Sin embargo, ya en mi oficina del hormiguero, comprendí que las cosas no encajaban del todo. No conseguía descubrir el móvil, el motivo por el cual la abeja había matado al escarabajo.
Entonces me acordé de que junto al cadáver del escarabajo no había aparecido la gran bola de estiércol que siempre llevan consigo.
Volví a la colmena con una orden de registro y, finalmente, en una celdilla hallé unas pequeñas manchas. No fue necesario analizarlas: se trataba de estiércol.
Tardé poco en averiguar quien vivía en esa celdilla: un zángano con antecedentes penales. Fue detenido mientras revoloteaba distraído cerca de unos cerezos en flor y, tras ser interrogado, confesó.
El escarabajo pelotero, basurero de la colmena, había robado la jalea real y la había escondido dentro de la pelota.
El zángano, casualmente, lo vio y esperó su oportunidad.
Tras la catástrofe del parterre con la segadora, el zángano, aprovechando el desconcierto, mató al escarabajo con el aguijón que le había robado a la abeja soldado mientras dormía durante su turno de guardia.
Una vez liquidado el escarabajo, el criminal robó la pelota.
De esa manera, el zángano quería hacer recaer las sospechas del asesinato del escarabajo sobre la abeja soldado.
Hundido, el zángano no tardó en confesar donde escondía la jalea real. Me condujo hasta el hueco de un árbol donde la recuperé. Le leí sus derechos y lo mandé a chirona a zanganear por una buena temporada. Caso cerrado.